Detalle de obra
Injertos de cal
Plano calizo, casi monocromo, interrumpido por cuatro injertos terrosos. La luz se activa en la granulación y en el leve escalón de las juntas horizontales.
Texto curatorial
A primera vista, la pieza se ofrece como un paramento estrecho y vertical donde el blanco roto domina sin imponerse: una calidad lechosa, tamizada por una constelación de puntos grises y ocres, construye una atmósfera de silencio. La composición se ordena en tres grandes campos apilados, separados por juntas horizontales muy discretas que actúan como respiraciones y establecen una medida casi arquitectónica.
Sobre esa continuidad, cuatro pequeñas inserciones laterales —dos en la mitad superior y dos en la inferior— introducen un acento terroso. Su forma de “mordida” irregular, con bordes desgarrados, deja ver una capa más densa bajo la superficie clara, como si el muro revelara un estrato interno. Estas interrupciones, simétricas sin ser exactas, tensan el equilibrio entre el orden y la contingencia material.
El perfil confirma un relieve mínimo pero determinante: las capas superpuestas generan un escalón suave en los bordes y en las líneas de separación, donde la luz se deposita en una franja finísima de sombra. La granulación, extendida con regularidad, convierte el plano en una piel táctil; no hay gesto expansivo, sino un trabajo por sedimentación que hace de cada variación de textura una modulación de claridad.