Detalle de obra
Piel caliza en tríptico
Tres paneles verticales sostienen una epidermis caliza perforada por huellas ocres. El relieve bajo convierte la luz en un pulso lento y mineral.
Texto curatorial
Tres módulos estrechos se alinean como fragmentos de un mismo paramento, separados por juntas que introducen respiración y medida. En cada panel, el campo central blanquecino avanza como una zona de claridad contenida, mientras los laterales grisáceos actúan a modo de costados fríos, estabilizando el conjunto. La distribución no persigue simetrías: el panel central concentra mayor densidad de marcas y el ritmo se desplaza, con un peso visual que tiende a asentarse hacia la franja inferior.
La superficie está gobernada por una constelación de improntas circulares, pequeñas cavidades y cráteres mínimos que, al agruparse, generan corredores y remansos. El ocre aparece en los bordes de esas concavidades como oxidación o sedimento, más próximo a una señal interna que a un gesto expresivo; su presencia dibuja una cartografía de poros que se enciende y se apaga según la distancia.
La luz no se refleja: se posa. Las veladuras lechosas unifican sin cancelar el accidente, y la abrasión apaga cualquier brillo para dejar trabajar al mate. En perfil, el soporte mantiene una profundidad contenida, suficiente para que cada microrelieve produzca una sombra fina y sostenida, haciendo del plano un registro táctil, casi respiratorio.